Modesto llegaba hoy algo mas tarde lo habitual a La Taberna del Alma, había sido su revisión semestral y, como era de esperar en una persona de 89 años, le habían dicho, con otras palabras, que seguía degenerándose al mismo ritmo. Le sonó bien porque podría seguir tomándose sus copitas de tinto algo, por otra parte, que no pensaba dejar de hacer ya a esa edad.
Taciturno, introvertido y encorvado por las muchas vidas vividas, y por ser el único sobreviviente de todas ellas, se dirigió a su habitual mesa junto a la ventana que daba a la calle Fuencarral desde donde veía pasar la vida actual, y repasaba y reescribía las anteriores en dos libretas -una azul y una negra - que gastaba a ritmo de una por mes.
Como deferencia a su edad y fidelidad como cliente, María por las mañanas y Carlos por las tardes y noches iban a la mesa y le preguntaban que deseaba tomar. Hoy era un poco más tarde de lo habitual y el gusto podría cambiar.
- Anda María, por favor, ponme un café con leche que el médico si no me mata con las agujas me matará de hambre.
- ¿Que le han dicho, Modesto?
- Lo de siempre, ¿que van a decir a mi edad?
María sonrió con tranquilidad y fue a por el café.
Hoy, debido a la tardanza médica, no era el primero en llegar y, al parecer, todos sabían que había ido al médico y todos tenían que acercarse a preocuparse por su salud. Bueno, era una incomodidad social que aceptaba de buen grado viniendo de aquella gente.
- Ya me ha dicho María que todo bien, ¿verdad?
- Buenos días Delphos. Sí, eso parece.
Hasta ahí la conversación con Delphos era normal, ahora debía dejar a Modesto con sus libretas. Era todo lo que pedía a la gente de la Taberna y se lo daban: con esas pocas palabras se sentía querido y ellos tampoco querían ir más allá de una copa de vino hablando de banalidades con él y, esto le sorprendía mucho, nunca solucionaban el mundo. Debía ser el único bar del mundo donde literatura, filosofía y arte sustituían a los toros, al fútbol y la política. Y le gustaba porque Modesto lo que quería era seguir aprendiendo con enseñanzas que tenían sabor a vino. Aunque esas instructivas conversaciones eran de tarde y de noche, las de la mañana eran más apresuradas y educadas: un hola por aquí, otro por allá, va a llover, pues falta hace...Un aburrido engrase para la maquinaria social.
Pero ese día Delphos se salió de guión habitual y siguió hablando:
- Nunca le he preguntado que escribe en las libretas.
- Ya sabes que no salgo de aquí, así que cosas poco interesantes puedo escribir.
- Modesto – dijo amablemente Delphos – eso no responde a mi pregunta. Es usted un liante.
Delphos estaba a punto de incorporarse cuando Modesto puso su mano sobre la de el y le pidió que se sentara. Señaló la libreta de color azul:
- Me invento historias con vosotros como protagonistas. Vuestras vidas imaginadas fuera de aquí.
- No sé los demás, pero yo tengo una vida muy aburrida Modesto.
- Lo dudo, ningún parroquiano de esta taberna tiene una vida aburrida.
En ese momento entraban -cediéndose el paso el uno al otro de forma educada, grotesca e ineficaz – Mateo y Cátulo que saludaron a la escasa y conocida clientela. Mateo lo hizo con un lánguido movimiento de cabeza con el que todo el mundo se daba por saludado antes de sumirse en su carajillo mañanero.
Cátulo, por contra, todo potencia con control fue uno por uno con alguna frase amable, alguna broma o alguna disculpa por algún favor olvidado.
- ¿Crees -preguntó Modesto – que la vida de Cátulo o de Mateo son aburridas?
- Lo cierto es, Modesto, que sé muy poco de ellos.
- Lo cierto es, Delphos, que me estás mintiendo -bajo la voz aún más, hasta convertirla en un susurro - Hasta yo sé que Cátulo y Mateo tiene las manos manchadas de sangre.
Delphos miró al viejo y supo que no podría engañarle. Su paciente observación, su capacidad para unir hilos dispersos y tejerlos lo ponían en el sucio camino de la realidad.
- ¿Y de mi que sabe?
- Que lo que suman todas sus muertes no son ni la mitad de las tuyas.
Delphos mantuvo el tipo con un silencio mientras buscaba escusas o le recordaba que a su edad ya se chochea. Pero sabía que en esas libretas tenía todas sus evidencias reunidas y no deseaba meterse en argumentos o desmentidos: Modesto, a su manera, lo sabía y eso era un hecho que había que aceptar.
- Y a usted no le asusta saber eso ¿verdad?
- No.
Había dicho “No”, como si jamás le hubiera asustado saber eso. Otra respuesta hubiera sido “Ya no”, como asumiendolo por cuestiones de edad. Pero ese “No” resultaba ser inquietante y una confirmación de lo que ya sabía Delphos.
En ese momento vio en el espejo como una figura, Cátulo, se acercaba a la mesa para, sin duda, preocuparse por la salud de Modesto. Se acabó la conversación de momento, pero Delphos hizo algo que a Modesto le dio esperanza y ganas de vivir un tiempo más.
- Sé que a usted no le asusta. A veces usted también comete descuidos -dijo mientras acariciaba la piel de su muñeca con sutilidad –
Modesto recordó el nauseabundo olor de la carne quemada, el hacinamiento y el abismo de los tiempos que supone una carrera alocada en busca de la más pura venganza.
- Me alegra oír eso, pero no he buscado nazis, eso lo hacía otros -dijo mirando su número tatuado en la muñeca - Yo busco a uno de los nuestros que nos mataba por placer. Quiero matar a ese hijo de puta.
Llegó Cátulo a la mesa justo para oir la frase y dijo.
- Si el viejo quiere matar a algún hijo de puta es que está fuerte como un roble. ¿Y quien es la víctima?
- Ya sabes que los viejos siempre odiamos al mundo entero, sobre todo a mi edad que todo es mucho más joven que yo.
Modesto dibujaba una tierna sonrisa falsa pero Cátulo vio en la mirada del viejo que solo vivía por matar a quien quiera que fuese.
Cátulo y Delphos cruzaron miradas cómplices de vidas anteriores y solo sintieron haber vendido tantas veces el alma que no podrían volver a hacerlo, aunque solo fuera por Modesto.